Laicidad, un debate pendiente

Íñigo Aramendi, concejal de Cambiar Huesca
Íñigo Aramendi, concejal de Cambiar Huesca
En torno a las fiestas de San Lorenzo del año pasado, y en el marco del acuerdo político que llevó al gobierno de la ciudad a Aragón Sí Puede, PSOE y Cambiar Huesca y al hilo de las mairalesas y los toros, muchas de las afirmaciones expresadas y de los titulares anunciados generaron gran confusión en la ciudadanía. Tal es así que hubo quien afirmó que “se había conocido que se iban a prohibir las mairalesas y las procesiones”, incorporando un ingrediente nuevo al plato que se estaba cocinando. Al preguntar, a quien realizó esa afirmación, cómo y dónde había conocido tal información se limitó a indicar que era “lo que se decía en la calle y en los medios de comunicación”. Esta respuesta es importante porque en ningún documento del acuerdo se hablaba de prohibir nada y, por supuesto, ni se mencionaban las procesiones. Y es que cuando no se dicen las cosas tal cual son o se pretende hacer pensar a la gente de una determinada manera, la democracia y la participación asociada se tambalean porque no existe la información adecuada y los espacios precisos para realizar un debate sano y en condiciones.

Esto es lo que está ocurriendo de nuevo, esta vez en relación a la propuesta de un nuevo reglamento de protocolo en el Ayuntamiento de Huesca. Se ha suscitado mucho revuelo pero ¿se está permitiendo que la ciudadanía pueda reflexionar sanamente y con la información adecuada? Y, sobre todo, ¿de qué hay que reflexionar? El debate superficial se centra en si los concejales y concejalas van o no van, a dónde y en calidad de qué. Pero el debate de fondo no se aborda nunca, a saber, la laicidad. Teórica y constitucionalmente somos un Estado aconfesional, lo que significa que el Estado, como tal, no se adscribe a una religión o creencia concreta y que existe una separación entre la esfera civil y política y la religiosa. En la práctica, sin embargo, continuamos mezclando ambas esferas, por lo que se hace difícil lo que en otros países de Europa es una realidad hace mucho tiempo. Dicha mezcla está tan arraigada y la confusión es tal que incluso hay quien sugiere veladamente la existencia de algún tipo de persecución religiosa. ¿Dónde está, pues, la dificultad para vivir una sana laicidad? ¿Es el desconocimiento de lo que significa este planteamiento? ¿Es una comprensión de que laicidad significa antirreligiosidad? ¿Es que se vive como un ataque a las instituciones religiosas? Quisiera aportar algunas reflexiones desde mi experiencia.

Soy cristiano católico, profundamente enamorado de la vida y mensaje de Jesús de Nazaret. Y también soy defensor de la laicidad. Hay quienes piensan que estos conceptos, ser cristiano y defender la laicidad, son incompatibles y antagónicos. Hablan de que la laicidad es antirreligiosa, de que pretende prohibir la manifestación creyente (como las procesiones), de que, en definitiva su objetivo es la eliminación de lo religioso.

Mi experiencia, como creyente, no es esa. Cuando mi pareja, también creyente, y yo nos casamos lo hicimos separando lo civil de lo religioso, ya que entendemos que una cosa es la dimensión legal del acto matrimonial que tiene consecuencias en cuanto al derecho, y otra cosa es la dimensión religiosa que para nosotros tiene. En un acto celebramos una nueva unión civil y en otro acto celebramos una unión cristiana. Dos dimensiones diferentes y con implicaciones diferentes. Esto es, para mí, la laicidad aplicada a mi vida concreta y que no mina de ninguna manera el fondo cristiano con el que quiero vivir, sino que por el contrario, le dota de un significado vital más fuerte.

“Mientras continuemos mezclando en la práctica la esfera civil-política y la religiosa será imposible comprender que la propuesta del nuevo reglamento de protocolo es expresión de la definición aconfesional del Estado, y que lejos de ser un ataque de ningún tipo, tiene que ver con la construcción de una sociedad auténticamente plural y tolerante”

De hecho, el pilar central del planteamiento laicista es la libertad de conciencia. Es decir, que cada persona vive, profundiza y despliega en su vida aquellas ideologías, actitudes, creencias y praxis que considere, sin más limitación que la otorgada por la ética de los Derechos Humanos, ética que podemos considerar común. Desde esta clave, la práctica personal y la expresión colectiva de la religiosidad forman parte de esa libertad. Por eso, la laicidad es un planteamiento profundamente tolerante ya que respeta escrupulosamente la opción personal de adhesión a unas creencias y prácticas dadas; sin más límite, como decía anteriormente, que el respeto a los Derechos Humanos.

Por otro lado, hay que entender la laicidad como una cualidad de las sociedades democráticas que emergen desde la Ilustración, donde las instituciones religiosas son tratadas como unas entidades más que forman parte de la Sociedad Civil y no como entidades que disponen de privilegios de algún tipo. La separación entre la esfera política y la religiosa es una característica de nuestras sociedades que supone, tanto el respecto a la práctica y expresión, personal o colectiva, de una creencia, como la no injerencia de una esfera sobre la otra. Entonces, ¿quién puede prohibir una manifestación colectiva, como una procesión, en una sociedad democrática? ¿Se nos ocurriría prohibir una manifestación en solidaridad con los países que sufren el hambre? Seguramente que no, entonces ¿qué motivos hay para pensar que se puede prohibir una procesión en una sociedad democrática? Esto es ejemplo de que el debate de la laicidad está por hacer y hace ya 16 años que comenzamos el siglo XXI.

Mientras continuemos mezclando en la práctica la esfera civil-política y la religiosa será imposible comprender que la propuesta del nuevo reglamento de protocolo es expresión de la definición aconfesional del Estado, y que lejos de ser un ataque de ningún tipo, tiene que ver con la construcción de una sociedad auténticamente plural y tolerante. La reflexión de la Iglesia Católica es contundente en este sentido: “Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad plural, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunión con sus pastores” (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, 76). Espero que, como sociedad, podamos reflexionar sanamente sobre laicidad. Nos hace mucha falta.

Íñigo Aramendi Abendaño
Concejal de Cambiar Huesca en el Ayuntamiento de Huesca

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