Parlamento de Luis Arduña en la inauguración del Memorial para las personas fusiladas en Huesca 1936-1945

La jornada del 23 de agosto de 2016 se recordará como aquella en la que por fin se empezó a hacer justicia a las centenares de personas fusiladas en Huesca en los años de la Guerra Civil y los primeros años de la represión franquista (1936-1945). En un emotivo y concurrido acto se inauguró una intervención artística en la tapia del cementerio donde fueron fusiladas buena parte de las personas asesinadas o “desaparecidas” por los golpistas. El intenso calor que hacía provocó el calentamiento de la megafonía y esto afectó a los tres últimos parlamentos del acto de homenaje. 

A continuación publicamos en su integridad el discurso que el diputado provincial y concejal del Ayuntamiento de Huesca por Cambiar Huesca, Luis Arduña, realizó en un acto que para nuestra formación significaba saldar una cuenta pendiente con la historia, una de las muchas que todavía quedan por saldar.

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Hoy, aquí, ochenta años después, es el momento de hacer justicia. Es la hora del recuerdo, del respeto, del reconocimiento de todas las víctimas de la barbarie y la violencia fascista, que se desató para acabar con la experiencia democrática de la II República y sumió a este país en una pesadilla de cuarenta años.

Hoy, aquí, ochenta años después, comprobamos entristecidos cómo después de casi cuarenta en democracia, continuamos siendo deudores de tantos y tantos muertos que aún permanecen sepultados en cunetas y en fosas sobre las que, de manera deliberada muchas veces, se ha extendido un velo de ignominia, construyendo un discurso que pretende exculpar a los asesinos equiparando a ambos bandos, tratando de mantener una equidistancia imposible entre quienes defendían un gobierno elegido democrática y libremente por el pueblo español, y quienes con la violencia como consigna y estrategia quisieron acabar con toda esperanza de progreso para este país. En realidad, quien habla desde esa equidistancia, además de desconocer la Historia, está justificando el intento de golpe de estado, está justificando el fascismo y está justificando la violencia que fue el sostén de la dictadura durante 40 años. Quienes aquí estamos, hoy, ahora, estamos junto a las víctimas del franquismo, reivindicando la voz, el diálogo, la democracia, la libertad.

Hoy, aquí, ochenta años después, los nombres – demasiados nombres – de quienes fueron vilmente asesinados y asesinadas son los hitos que nos marcan el camino a seguir, que nos dan el impulso necesario para escribir nuestro futuro y el de las generaciones venideras. Porque nadie debe equivocarse: el homenaje que se les tributa hoy merced a la iniciativa de un colectivo de ciudadanos y de la CNT, como lo fue el que tuvo lugar el pasado día 3 en el patio consistorial, no es un acto nostálgico; al contrario, trata de hacer visible la convicción de que juntos y juntas debemos trabajar por un mundo diferente, que ofrezca un futuro común a todos los seres humanos, con independencia de su color, de su origen, de sus creencias, de su sexo y su sexualidad. Un mundo en el que la solidaridad, la fraternidad y la sororidad, la justicia social, la libertad… no sean conceptos vacíos sino el ejercicio cotidiano de la convivencia pacífica de una sociedad que conoce y aprende de su pasado.

Hoy, aquí, ochenta años después, sus nombres forman parte ya de la Historia, pero son, también, nuestra memoria, memoria democrática, las raíces sobre las que asentar nuestro presente y afrontar nuestro futuro. Son la constatación de que nada se regala, de que es preciso defender todas y cada una de las conquistas que ellos y quienes les siguieron pudieron arrancar, aun a costa de su propia vida; y de las que hemos de lograr para nuestros descendientes. Son el recordatorio de que no vale de nada desear algo si no luchamos por ello y de que aun así no es seguro que se consiga; pero solo de esa forma podremos decir que hemos vivido con la dignidad debida.

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Hoy, aquí, ochenta años después, sus nombres escritos en el muro contra el que los alinearon y los acribillaron nos dicen que el destino no está determinado, que lo trazamos los hombres y las mujeres con nuestros afanes, con nuestro esfuerzo, con nuestras ideas. No hemos de tener miedo a enfrentarnos a nada, aunque individualmente nos pueda atenazar ese miedo: ellos se enfrentaron y, por eso, murieron. Pero hoy, ochenta años después, les hemos recordado y reivindicado, a ellos y ellas, las víctimas del odio; y, haciéndolo, al mismo tiempo, hemos condenado también a sus verdugos.

Hoy, aquí, ochenta años después, ojalá no hubiéramos tenido que recordarlos asesinados y asesinadas. Pero aprendamos de ellos y ellas para que no vuelva a suceder, trabajemos todos juntos y todas juntas para que no haya sitio nunca más para la violencia y el exterminio. Y, cuidado, no pensemos que esto no puede volver a pasar, porque el discurso xenófobo, excluyente y violento de la extrema derecha crece en Europa porque nos estamos olvidando de que la democracia es, justamente, diálogo, respeto e implicación de todos y cada uno de nosotros y nosotras. Y si nadie sobra, por favor, que nadie falte a su cita: su esfuerzo es imprescindible para conquistar ese futuro común.

Que nadie se vaya de aquí triste. Al contrario: ha encontrado a sus semejantes, a sus compañeros y compañeras, y ha recordado a quienes lo fueron hace ochenta años. Que todo el mundo sepa que sus nombres son el mío, como también son el vuestro. Gracias.

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